Literatura y jurisprudencia por Horacio Gonzalez

Alguna vez he tenido en mis manos un extraño documento jurídico, firmado por Jorge Luis Borges (no redactado desde luego por él, sino por su abogado) en el que entabla un juicio por los derechos de autor de Días de Odio, la película de Torre Nilsson inspirada en “Emma Zunz” (donde se puede apreciar una imagen del propio Borges atravesando un patio). Lo que llamaba la atención es que Borges hubiera sumido en toda su extensión la prosa formal juridicista, y puesto luego su firma debajo, esa letritas inclinadas de laboriosa y diminuta geometría. El juicio terminó en un acuerdo entre partes. Me reveló una situación obvia que sólo por antojo me resultó algo incomprensible. Borges firmando un texto no escrito por él, justificado en las necesidades específicas del acto en que estaba enfrascado, una querella judicial por el reconocimiento de derechos de autor contra uno de los más conocidos directores de cine de la época. Era el año 1954, Borges ya era internacionalmente famoso. En la Biblioteca Nacional se encuentran ésta y muchas otras notas administrativas, pertenecientes al trámite trivial o anodino de una gestión, en las que sin ironía ni segundos sentidos, refulge su firma.

Pequeñas situaciones que demuestran que Borges no era un cuerpo inmaterial, hecho de palabras y ecos del puñado de metáforas que según dijo explicaban el mundo. Bioy Casares, en su enorme volumen de recuerdos, al mencionar la palabra “cena”, quiere jugar con un respaldo cortesano y alimentario para afirmar y a la vez negar la encarnadura de Borges. La acción de cenar es un infinito acto conversacional, pero la conversación tiene una materia decidida, amasada en entrecruces personales diversos. Luchas de prestigios y reconocimientos, nociones de amigo y enemigo, decisiones sobre concursos literarios y, encubiertamente, un torneo de especulaciones estéticas inacabadas, que quizás son la más próxima formulación en la historia literaria argentina de una Estética sobre la escritura, la memoria y la lectura, sólo ofrecidas con la indestructible sagacidad de lo inminente que no se concreta. Este libro de Bioy, repleto de juicios y observaciones de gran significación sobre la literatura universal y argentina, podría ser considerado una suma jurídica, si tal cosa extraña pudiera derivarse de la literatura, como con exitosos trofeos mucho de lo literario se derivó hacia la teología.

De modo que Borges sabía bien que había un idioma judicial y ponía su firma debajo de algunos de esos escritos. En la historia de la literatura, abundan toda clase de dimensiones jurídicas que son en general aceptadas, sin que nadie ponga como excusa para repudiarlas otro gran momento de la literatura, como El proceso de Kafka, donde la vida judicial es pasada como un conjunto de actos repletos de delirio y sustracción de su propia autoría, implacablemente anulatorios del libre albedrío. Es célebre la actitud de Flaubert, de la que intentará consolarse en su correspondencia privada, al haber aceptado la línea de defensa de su abogado en el juicio que por “atentado a las buenas costumbres” se le sigue luego de publicada la novela Madame Bovary. El caso merece ser recordado, porque los dos abogados (Senard, el del ministerio público napoleónico) y Picard (el defensor flaubertiano) son personajes informados, típicos del Segundo Imperio, casi salidos ambos de una novela del propio Flaubert, e invocan argumentos literarios para ejemplificar sus respectivos conceptos jurídicos. Finalmente Flaubert es absuelto al aceptarse que él había derrochado insinuaciones eróticas que atentaban contra el pilar de la familia burguesa, sólo para que nadie las cometiera, con simple afán pedagógico. Lo que diríamos una agachada, que lo salva y lo desconsuela al mismo tiempo (como le confiesa a Louise Colet).

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