Abraham, las Fuerzas del Cielo y la banalidad del mal
Por Hernán Brienza
Periodista, escritor, politólogo ensayista e historiador argentino.
Los ojos bien abiertos. Como si la lucidez del arrepentimiento los atravesara. Es un instante apenas que fue recreado con pericia por la mano del pintor realista ruso Illía Repin. La mirada perdida en el horror, los párpados abiertos, prácticamente desgarrados, demuestran el extravío del zar Iván, el terrible. Y en esas pupilas, también asoma un tenue dejo de incredulidad, como si el protagonista no pudiera creer lo que acaba de hacer. Su mano izquierda intenta contener con estulticia la sangre que mana de la herida en la sien de su hijo, el zarévich Iván Ivanovich. Su mano derecha, lo abraza, lo acuna, pretende retener lo poco de vida que hay en ese cuerpo que se desliza hacia el suelo alfombrado y manchado de sangre. Pero regresemos la mirada, a esos ojos, porque allí está el secreto que se devela: el zar acaba de tomar conciencia de que con su bastón de mando hirió de muerte, con un golpe en la cabeza, a su hijo, de quien sospechaba que podría conspirar contra su autoridad y su reinado. Aun en todo su extravío, en todo su patetismo, Iván es consciente del mal que (se) ha hecho. Sabe que las razones que despertaron su ira —la desobediencia de su hijo, la supuesta traición del heredero, la sífilis, su propia locura— no alcanzan para apaciguar la culpa, el arrepentimiento, el dolor que causó su acto. A la balaustrada de sus ojos se asoma el terror de quien acepta la responsabilidad del Mal, así en mayúscula, no el mal como resultado, sino el Mal en tanto vehicularización por parte de Iván, su encarnación o su protagonismo.


